26 de abril de 2010

La diversidad protestante: ¿es posible la unidad y la comunión?


Notas de la homilía expuesta por Ignacio Simal en el culto unido celebrado en Betel (25/04/10)
En un momento tan especial como el que estamos experimentando en esta celebración, es conveniente que nos interroguemos acerca de la unidad de la Iglesia. De entrada quiero afirmar, con rotundidad, que la unidad de la Iglesia pasa -necesariamente- por la comunión real -no místico-espritual- entre las comunidades que la conforman. Sólo la comunión entre nosotros, y la comunión con Dios, será capaz de conducirnos a la unidad tal y como Cristo la quiso (Jn. 17).
Sabéis que existen tres grandes familias cristianas en el mundo: la familia católica, la ortodoxa y la nuestra, la que denominamos evangélica o protestante. En esta ocasión nos vamos a ocupar de nuestra familia, la evangélica. Una familia subdividida en cientos de grupos. Hace unos cuantos años se podían contabilizar entre 9 y 10 familias evangélicas en España, hoy nos hemos multiplicado. Pues bien, cada familia evangélica tiene su propia identidad, o tradición, desde una determinada interpretación del texto bíblico. Con ello quiero decir que la diversidad evangélica es un hecho que no permite ser ignorado. El problema está servido: ¿Cómo tratar con la diversidad protestante..? Nos encontramos de frente con el nudo gordiano de la comunión y la unidad entre comunidades y familias protestantes o evangélicas.
El teólogo menonita Juan Driver escribía hace apenas tres años lo siguiente: “todos somos herederos de una tradición u otra. La vida y la misión universal de la Iglesia es tremendamente beneficiada cuando todas las tradiciones traen sus aportes a la mesa de la comunión fraterna” (Convivencia Radical, p 78)
Sin embargo, y siendo verdad lo que escribe Driver, debemos preguntarnos si acaso todas las tradiciones cristianas -antiguas y contemporáneas- son igualmente válidas. Es decir, ¿somos todos evangélicos..? ¿somos todos protestantes..? Y lo que es más importante y definitivo, ¿somos todos cristianos? Esa fue la pregunta que trato de responder Jesús a sus discípulos en diferentes contextos de los evangelios. Por ejemplo, tomemos dos textos claves. El primero lo encontramos en el Evangelio según Marcos ( 9:33-41), y el segundo en el Evangelio según Mateo (7:21-23).

Nuestro primer texto, en el Evangelio según Marcos, nos llama al respeto hacia otros entendimientos de la fe. Respeto a la diversidad significa algo más que tolerancia, significa reconocer la legitimidad para seguir a Jesús desde otras tradiciones configuradoras de la comunidad cristiana y del discipulado cristiano.

El contexto es central para entender el concepto que se encuentra en los vv. 33-37. Los discípulos discuten entre ellos “quién había ser el mayor”. Juan, en su respuesta, proyecta -inconscientemente- la discusión sobre “quién es el mayor” en la colectividad que ellos forman.

Ante el encuentro de una persona que “echa fuera demonios” en el nombre de Jesús, la actitud de los discípulos no se hace esperar. Debido a que no les sigue, le le prohíben tal práctica. En su entendimiento ellos son “la comunidad”, y el resto -si quieren ser auténticos discípulos- deben asociarse a ellos. Su colectivo es “el mayor” frente a otros colectivos que también invocan el nombre de Jesús. De ahí la doble afirmación de “no nos seguía”, y la prohibición categórica con la que increpan a la persona que está desvinculada de su grupo.

Es curioso observar en el texto que nos ocupa el planteamiento “minoría-mayoría / mayoría minoría” a través del “hemos visto a UNO” y “no NOS sigue”. La mayoría es la “mayor” frente a las minorías y se cree con el derecho a exhortar a la minoría a añadirse al grupo mayoritario, y en caso de no hacerlo, ordenarle a dejar de obrar en el nombre de Jesús.

Jesús es taxativo en su respuesta: “No se lo prohibáis”. Y continúa diciendo que “no hay ninguno que haga milagro en su nombre, que luego pueda decir mal de él”. Y concluye con un frase lapidaria “el que no es contra nosotros, por nosotros es”.

De esa forma, Jesús, legitima otras formas de seguimiento de su persona y cuestiona la concepción de que la mayoría sea la “mayor”, es decir, la que tiene autoridad para decidir quién es quién entre los que obran en el nombre de Jesús.

Por ello decíamos que el texto de Marcos nos llama al respeto hacia otros entendimientos de la fe. Respeto a la diversidad significa algo más que tolerancia, significa reconocer la legitimidad para seguir a Jesús desde otros entendimientos de la comunidad cristiana y del discipulado.

Ahora bien una pregunta acude a nuestra mente: ¿No será la enseñanza de Jesús un coladero donde todo cabe? No, de ninguna manera, como veremos seguidamente en el segundo texto evangélico que he propuesto al inicio de mi reflexión.

En nuestro segundo texto, en el Evangelio según Mateo (7:21-23), Jesús afirmará -paradójicamente- que existen experiencias de fe y de comunidad que no debemos reconocer como legítimas. No reconocemos en ellas un auténtico seguimiento de Jesús.

Es curioso el contraste que se establece entre el texto que hemos examinado en Marcos y el que nos ocupa en este momento: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos” . Es más, observamos la utilización de una expresión similar a la recogida por Marcos: “¿..en tu nombre echamos fuera demonios..?. Jesús a diferencia de lo que se afirma en Marcos les dice: “Nunca os conocí... apartaos de mi, hacedores de maldad”.

Con esa afirmación Jesús nos enseña que existen formas de seguimiento y de comunidad que no son legítimas. En el contexto anterior de nuestros versículos aparece la advertencia sobre los falsos profetas que son desenmascarados por sus frutos (7:15ss). Y ahí está la cuestión central, la legitimidad de una determinada forma de entender la iglesia y el seguimiento de Jesús se fundamenta en la realidad socio-eclesial que crea / realiza.

Existe un texto en el Evangelio según Mateo que arroja luz en relación con cómo debe ser la comunidad que se toma en serio el seguimiento de Jesús y que le abre la entrada al reino de Dios. Leamos el conocido texto que se encuentra en el capítulo 25 (34-40). El criterio de autenticidad se encuentra en el hecho de que los hombres y mujeres que siguen a Jesús crean espacios de liberación y afirmación de la dignidad humana. Básicamente se ocupan de la realidad de los hombres y mujeres que sufren en nuestra sociedad globalizada, responsabilizándose de sus situaciones de dolor a fin de resolverlas.

Los frutos que desenmascaran la inautenticidad de una comunidad pretendidamente cristiana es la falta de compromiso por transformar sus espacios comunitarios y la realidad social en la que se haya inserta, en espacios de libertad, justicia, misericordia y sosiego. Ese es el criterio que legitima o ilegitima una determinada forma de comunidad.

En las comunidades auténticamente cristianas se defiende el derecho de los individuos a su libertad en el marco de un compromiso con la construcción de un mundo diferente al que experimentamos. Esa es la voluntad del Padre de Jesús.

Nos preguntábamos al inicio de esta reflexión: ¿Cómo tratar con la diversidad protestante..? Y la respuesta, en mi opinión, es clara: La unidad y la comunión entre las iglesias protestantes se fundamenta en el reconocimiento de la legitimidad de la diversidad que se plasma en las distintas maneras de entender el seguimiento de Jesús y la comunidad cristiana. Siempre y cuando el entendimiento que tengan del Evangelio construya realidades comunitarias donde reine la libertad, la justicia, la misericordia y, por tanto, la preocupación por construir un mundo mejor.

Por todo ello, en primer lugar, debemos preguntarnos -a fin de evitar ver la brizna en el ojo ajeno, y no ser conscientes de nuestra viga- acerca de los valores que rigen nuestras comunidades y las realidades comunitarias palpables que estamos construyendo.

En segundo lugar, debemos cerciorarnos que nuestro esfuerzo, en el poder del Espíritu, por alcanzar la unidad y la comunión entre la diversidad protestante pase por los criterios que ya hemos expuesto: la construcción de espacios comunitarios - eclesiales de libertad, justicia y misericordia.

En tercer lugar, debemos respetar y reconocer como legítimas otras formas de seguimiento y comunidad que no se adaptan, punto por punto, a nuestra comprensión en la medida que cumplan con los requisitos que acabo de mencionar.

Solamente, desde ese punto de vista, es posible la unidad y la comunión de la diversidad protestante en el siglo XXI.

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